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jueves, 19 de diciembre de 2013

LIMPIA, FIJA Y DA ESPLENDOR

           Queridos amigos en la virtualidad.  Supongo que todos esperáis una loa a la Navidad y sus variados y coloridos anexos, pero no.  Aquí os cuelgo un post que tengo escrito desde, al menos, octubre. Y tengo que colgarlo antes de que termine el año, porque si no, no tiene gracia. 

            Sirva este post para homenajear como se merece, a la Real Academia Española de la Lengua. En este año 2013 ha cumplido 300 añitos de existencia. ¡¡Felicidades y que cumplas muchos más!! 

¡Una tarta de cumpleaños para celebrarlo!
            ¡Qué bello es nuestro idioma!... Basto tapiz lingüístico que nos permite entender y ser entendidos… ¡Qué caprichosa mezcolanza de vocablos de antiguas lenguas lo tejen!... ¡Qué sonoros fonemas lo bordan!... ¡Qué infinitas normas gramaticales lo enmarañan!...

            Sí, amigos, sí. Mis reflexiones de hoy son para este nuestro idioma castellano o español (que tanto me da, puesto que, hasta la fecha, son exactamente iguales). He estado investigando el origen de nuestra lengua y serios razonamientos me han llevado a las conclusiones que, a continuación, expongo. Si son ciertas o equivocadas, eso no lo sé. Me temo que no disponemos de los recursos suficientes para afirmar o negar con rotundidad si mi historia es vera o falaz. Me temo que las personas que estuvieron presentes cuando estos hechos acaecieron, llevan bastante tiempo criando malvas. Y sin demorarme más, empieza la narración de cómo nació y creció el idioma de Cervantes.



El inicio fue como el de todos los chistes malos. Salvo que, en este caso, en vez de “un inglés, un francés y un español” se juntaron un romano, un griego y un árabe. Y dijeron: “¡no hay huevos de inventarse un idioma nuevo!”  Y ya sabemos todos lo que pasa cuando alguien empieza una frase con “no hay huevos…” Total, que se fueron a un bar (porque serían un romano, un griego y un árabe, pero eran españoles), se pidieron tres cañitas y unas aceitunas, cogieron una servilleta de esas que ni secan, ni limpian ni “na” para ir dejando constancia escrita, y empezaron.

La cosa fue, al principio, así como muy seria y pomposa. Al fin y al cabo, inventarse un idioma nuevo es algo importante y bastante dificilillo. Lo  primero que tuvieron que hacer fue ponerse de acuerdo con el alfabeto que se usaría, a saber, arábigo, griego o romano. Y lo decidieron con el democrático método de sacar el palito más corto (bueno, no se sabe si con lo del palito o viendo quién escupía más lejos). Fuera como fuese, ganó el romano. Pero por poquito. Por eso, el romano tuvo que ceder y dejar que el tema de la nomenclatura geométrica y matemática corriera a cargo de las letras griegas y los números fueran arábigos (y menos mal porque no hay nadie en el mundo que sepa cuánto es el número MMMDCXLI* así, en frío).



            Y una vez decidido el alfabeto a usar, se pusieron manos a la obra. Y les pasó lo mismo que a mí cuando me toca cambiar la ropa de los armarios: que no sé por dónde empezar. Y como no sabían por dónde empezar, pues decidieron inventarse una letra distinta para que el nuevo idioma se diferenciara de los demás. Evidentemente, se inventaron la “ñ” o “Ñ” en versión mayúscula. La letra de la peineta.

            Continuaron inventando palabras, tales como “mesa” “agua” “faralaes” “paella” o “barandilla”… A veces las aportaba el romano, otras el griego y otras el árabe. Pero, poco a poco, no se sabe si por exceso del soplar de las musas o del “soplar” de las cañas, la cosa se fue animando. Y no contentos con buscar una palabra para cada cosa, inventaban dos o tres. Al no encontrar manera de elegir sólo una, pues se quedaban con todas las opciones. Es por esto por lo que al cerdo se le llama puerco, gocho, marrano o guarro. Y la fiesta puede ser juerga, farra o cachondeo.


            Luego le llegó el turno a los verbos. Inventaron maneras de decirlos en presente, pretérito o futuro. Los colocaron todos muy ordenaditos. Era una tarea ardua y un pelín tediosa. “¡Esto aburre al mismísimo Platón!” dijo el griego bostezando. Y por eso empezaron a conjugar verbos irregulares, para salir de la monotonía. Por eso, el verbo “poder” es “yo puedo, tu puedes, el puede” cuando debería ser “yo podo, tu podes, el pode”. Claro que, como en el ser humano está inherente el hecho de ir liando la madeja cada vez más, fueron conjugando a lo loco. Está claro. Si no, ¿cómo explicas tú que palabras como “voy” “fuisteis” ”ve” o “yendo” son todas de la conjugación del verbo “ir”?


            En este punto, la cosa estaba un poco fuera de madre. A nuestros tres creadores del idioma español o castellano les pasaba lo que nos pasa a todos cuando nos juntamos unos cuantos a pensar bromitas para la despedida de soltera de una amiga. Primero se empieza pensando en qué disfrazarla, luego se pasa por tirarla al pilón y se termina enjarrillándola y tatuándole en el brazo “Brad Pitt, quiero un hijo tuyo” Y así las cosas, se pusieron con el tema de las “bes” y las “uves”; de las “ges” y las “jotas”; las “elles” y las “yes”. Que levante la mano el que no se haya acordado de las madres de nuestros tres protagonistas cuando era un tierno escolar.

-          A ver, los verbos que acaben en –bir, los ponemos con b – decía uno.
-          ¿Todos? – respondía otro - joé que rollo eres, tío.
-          Pues que cada uno elija el que más le guste, y ésos los ponemos con v, ¿qué os parece?
-          ¡Vale! Yo elijo “vivir”, que es la esencia misma de todo – dijo el griego haciendo alarde del inherente espíritu filosófico de los griegos.
-          Y yo “servir” – exclamó el romano, pues ya sabemos todos, por los cómics de Astérix, que a los romanos lo que más les gustaba era estar tumbaditos en sus divanes y ser servidos por sus esclavos.
-          Mmmm… pues yo “hervir”, que me gustan mucho las patatas hervidas – dijo el árabe no sé por qué, pero, ciertamente, están muy buenas (sobre todo si son gallegas).


Si el tema de la elección de “bes” y “uves” os ha parecido como algo hecho totalmente al azar, es porque aún no os habéis parado a pensar en el tema de las “haches”. Si tú te inventaras un idioma nuevo, y tienes que poner una letra que no suena ¿dónde la pondrías? Probablemente pensarás que en ningún sitio. Ese es el razonamiento más lógico y más práctico. Pues ya ves que no es así, y ahora mismo voy a explicar el por qué. ¿Os ha pasado alguna vez estar con los amigos, con el cachondeo subido, partidos de la risa con cualquier cosa, pero que, al día siguiente intentas contárselo a alguien y solo te hace gracia a ti? Es lo que técnicamente se llama “flatulencia mental”. Y en ese estado andaban ya el griego, el romano y el árabe cuando pensaron que sería el despiporre salpimentar el vocabulario con un montón de letras mudas. Claro que solo ellos le vieron la gracia... La elección del tema de la colocación de las “haches” no es una cuestión baladí. Siguieron un riguroso turno para elegir las palabras en las que colocarla. Así fue como “huevo” “hormiga” “habichuela” “herpes” o “halitosis” pasaron a tener una flamante “hache” como inicial. Pero en el colmo de la retranca, cogieron otras pocas palabras y les colocaron una “hache” en tol´medio. Y cogen y lo llaman “hache intercalada”, para enredar. Así tenemos “cacahuete” “vehemencia” “zahorí” “alcohol” “zanahoria” o una palabra de rabiosa actualidad “cohecho”.


Ya andaba el romano con el turbante del árabe atado a modo de “corbata en el baile de una boda” cuando le dijo al griego (que estaba con el cepillito del casco del romano haciendo de bigote).
-          ¡Tildes tío! ¡A esto le hacen falta unas buenas tildes!
-          ¡A mí me parece genial! – dijo el árabe.
-          ¡Adelante con los faroles! -  repuso el griego.
Y ahí les tienes a los tres. Que si ésta se acentúa porque acaba en –n. Que si esta otra no se acentúa porque también acaba en –n. Los monosílabos… pues a veces sí, a veces no. (Aún te quejas, ¿aun cuando lo dejan así de clarito?)  Sin olvidarse de la barrabasada mayor que son los hiatos y los diptongos (incluso triptongos). Y cuando ya andaban cansadillos de tanta tilde, deciden que las esdrújulas se acentúan todas. ¡Listo, calisto!

            Y como colofón final de la historia, fundaron una fábrica de bolígrafos de color rojo. Y los tíos se forraron vendiéndoles bolis rojos a los maestros de primaria.

            Y así fue, a grandes rasgos, como se creó este nuestro idioma español o castellano. Solo me resta decir que, visto la currada que se pegaron nuestros protagonistas en tan ardua tarea, es nuestro deber mimarla y cuidarla. Al fin y al cabo es nuestra manera de entender y ser entendidos, como dije al principio. Procuremos hablarla bien. Esforcémonos por escribirla correctamente. Es muy probable que no acabemos ocupando un asiento en la Real Academia, pero estaremos contribuyendo a que limpie, fije y dé esplendor.

Un abrazo… Dulcemente.

* es el 3.641, por si te ha dado perezuela pensarlo.

La tarta es un layer cake de bizcocho Devil´s food y frosting de queso
cubierta de ganache de chocolate blanco que,
traducido al castellano quiere decir tarta de capas de bizcocho de
comida del diablo y relleno de queso cubierta de ganache de
chocolate blanco. Una muy buena receta del devil´s food la tenéis aquí.

martes, 24 de septiembre de 2013

LA PEQUEÑA FUERZA QUE MUEVE AL MUNDO

            (Nota previa: Os traigo unas nubes, ¡¡como las de los kioskos!! (Receta de Webos Fritos) Las he hecho en varias ocasiones con un éxito fulminante, aplastante y arrollador. Podéis preguntarle a Misanto (o mejor, a mi niño) si no me creéis. Fin de la nota previa)




A menudo los hijos se nos parecen
así nos dan la primera satisfacción (…)
Esos locos bajitos que se incorporan
con los ojos abiertos de par en par,
sin respeto al horario ni a las costumbres
y a los que, por su bien, hay que domesticar.
Serrat dixit.


            Hay una pregunta que  nos reconcome la conciencia desde el mismo momento en que la adquirimos (eludo especificar edad, no es elegante) ¿qué es lo que mueve al mundo? Pues, tras grandes reflexiones cerebrales he llegado a la conclusión que de Galileo, Copérnico, Bacon, Kepler y demás parentela no tenían ni idea.  La verdadera fuerza que mueve nuestro planeta son los niños. Cavilad un poco y descubriréis en qué momento vuestro mundo empieza a girar de manera diferente... ¿Desde cuándo levantarte a las 9 de la mañana te parece el súmmum del ganduleo? ¿Cuándo decides que poner “cualquier cosilla” para comer no es válido porque no es lo suficientemente nutritivo/sano/equilibrado? ¿En qué momento planchar es más apremiante que echar una partidita a la “play”? ¿Cuándo vuelves a quedar con los amigos a las 6 de la tarde? Pues exactamente en el mismo momento en que la crema solar es un indispensable en el bolso veraniego,  hablamos de cacas sin que nos de asco (número, aspecto, color y consistencia) incluso comiendo y el silencio es el bien más preciado...



            El hecho de haberme convertido en madre un buen día no me hace una experta en el mundo infantil, para nada. Soy sobradamente consciente de que muchos de los que me leéis sois madres/padres (en adelante progenitores) de más de un churumbel. Incluso hay algunos que tienen tres. Y chaladas perdidas que, en su día, tuvieron ¡cuatro y cinco! (si, si, suegra y madre, es por vosotras). Pero con mi único hijo y mi capacidad observadora (y la de Mi Santo) he ido recogiendo en mi bagaje vital algunos puntos que me parece interesante compartir. Algunos pueden tomarse como consejos, otros como meras observaciones, otros como obviedades... pero todos tienen un punto en común: son absoluta e indiscutiblemente ciertos. Empezamos:



Punto de mi bagaje vital sobre la infancia Nº 1: Los niños no vienen con un pan bajo el brazo.
Vienen con la maxicosi, el cochecito, la silla de auto, la bañera, la trona, la cuna, la minicuna, la cuna de viaje, el cambiador, diez kilos de ropa, cien kilos de pañales (en limpios, en sucios no he echado la cuenta), y unos cuatrocientos tipos diferentes de cremas, lociones, pomadas, colonias, geles... por no hablar de las quinientas  clases de biberones, tetinas, leches en polvo, cereales sin gluten y “gluteneados”, calienta biberones, chupetes (con cadenitas variadas) y el esterilizador (que merece renglón aparte).
Si los niños vinieran con un pan bajo el brazo sería todo muy sencillo (menos parirlo, claro). Llevarías al niño con un brazo y con el otro el pan. Ya está.



            Punto de mi bagaje vital sobre la infancia Nº 2: Menos es más.
Este punto está en clara relación con el anterior. Cuanto menor es la edad de la criatura, más trastos hay que acarrear (lease punto Nº 1, no me lo hagan escribir otra vez...).
Pero hay dos hitos en la historia de ser progenitores que celebras con lagrimillas en los ojos de la emoción: El día que no tienes que arrastrar la cuna de viaje allá donde vas y el día que no tienes que llevar pañales. Es como un auténtico soplo de brisa marina, como un vaso de agua fresquita en pleno agosto,  como quitarse los zapatos al llegar a casa (no, mejor, como quitarse unos zapatos dos tallas menos al llegar a casa)...

Nubes bañaditas en chocolate. Muero.


            Punto de mi bagaje vital sobre la infancia Nº 3: Todos escondemos un pseudo-pediatra en nuestro interior.
Es una habilidad innata que aflora al llevar algún tiempo como progenitor y crece exponencialmente con el tiempo. Pongamos por ejemplo que el bebé se pone a llorar. Entonces el coro de sabios (en el que me incluyo) empieza a sentenciar en el tono seguro que confiere la maestría: “tiene gases, cógelo bocabajo”… “pobrecillo, tiene hambre”… “mírale el pañal, lo mismo está sucio”…
Y si el niño babea un poquillo... “¡huy, huy, huy... este niño está echando los dientes!” ¡huy, huy, huy… este niño está echando los dientes!” “¡Pero si tiene 15 días!” – intentas replicar. “Nada, nada. Está echando los dientes, te lo digo yo” El niño se tira tres o cuatro meses babeando y el sabio `seudo-pediatra diciendo “¡huy, huy, huy... este niño está echando los dientes!” y finalmente, llega la época de la erupción dentaria y aparece el dientecillo... “¿ves? Ya te decía yo que este niño estaba con los dientes”. Nuestro pseudo-pediatra es un ser tempranero a más no poder, no me digas que no.



            Punto de mi bagaje vital sobre la infancia Nº 4: El esterilizador que merecía renglón aparte.
Antes, nuestras madres ponían de cuando en cuando la olla grande al fuego y ahí hervían los biberones y demás aperos que usaban para alimentarnos. Ahora han inventado... tachán, tachán... ¡¡¡el ESTERILIZADOR!!! ¡¡¡El terror de los gérmenes y las bacterias!!!
Mmmm no logro entender cómo nuestra generación ha sobrevivido con biberones sin esterilizar… Y, francamente, ahora mismo deberíamos estar llevando a nuestras madres un bocata de mortadela con una lima dentro (sin esterilizar, claro) a la cárcel. Por imprudentes.



            Punto de mi bagaje vital sobre la infancia Nº 5: Alimentando al rapáz.
Cuando tienes un bebé hay que alimentarlo porque, como ya hemos dicho, no vienen con un pan bajo el brazo para que vayan picando si tienen hambre. Por lo tanto te vas a enfrentar a unas cuantas horas de lactancia/biberoneo nocturno. Yo encendía una lamparita chiquitita, lo justo para dar un poquitillo de luz sin desvelar. La ponía en el suelo y me sentaba en el sofá a darle de mamar. En esos momentos de gran silencio y soledad, tienes tiempo de sobras para adentrarte en tu mundo interior con la mirada perdida en el infinito. Pero como eso, en mi caso, me aburre bastante, y jamás he sabido exáctamente cómo se mira al infinito, pues unas veces miraba al niño, otras al techo, otras al suelo... Y ¡oh sorpresa! Ahí encontré a las graaandes compañeras de lactancia nocturna: ¡las pelusas! Y de tanto mirarlas y ver cómo crecían, pues se las va cogiendo cariño. Las mías se llamaban Polvorilla, Malena y Séneca (porque era muy lista y sobrevivió a tres pasadas del aspirador.



            Punto de mi bagaje vital sobre la infancia nº 6: Los niños no vienen de París.
Quizá cuando nuestro hijo es pequeñito, podemos creer en el mito de que la criaturita ha venido desde el bello París, colgadito de una pulcra sábana en el pico de una grácil cigüeñita suave y algodonosa. Deja pasar tres añitos o así y descubrirás que de grácil cigüeñita nada de nada. En verdad los niños vienen de Ikea (sí, sí, la gran tienda sueca). Prueba a pedirle que se lave los dientes/recoja los juguetes/venga a cenar… verás que el niño es compatriota del rubio de Abba.

            Punto de mi bagaje vital sobre la infancia nº 7: Equipamiento de serie de los bebés.
-          Altímetro infalible: Lo que le permite detectar cualquier diferencia de altura. Si lo estás acunándolo de pié y te sientas, lo notará; si está dormido en tus brazos y lo dejas amorosamente en la cuna, lo notará también. El altímetro infalible viene equipado con alarma sonora en modo “llanto”.
-          Radar de amplio alcance: De esa manera detecta rápida e infaliblemente la presencia de la madre en la habitación aunque no pueda verla. Igual que en el Altímetro infalible, el Radar hace saltar la alarma sonora en modo “llanto” y, a veces, “berrido”.
-          Equipo de escucha ultrasónico: lo cual le permite despertarse de inmediato con el más mínimo ruido que se produzca en la otra punta de la casa e, incluso, en la casa del vecino.
-          Estos tres avances de la ciencia no serían nada sin el último y más importante gadget del que dispone el roro: el amplificador. Por supuesto plenamente equipado con: potenciómetro, surround, ecualizador, subwoofer, overdrive y pedal de wah-wah que el pequeño va usando en función de las ganas (imperiosa necesidad, más bien) que tengan los progenitores de dormir.



Antes de terminar querría presentaros “virtualmente” a mi amiga Lola. Lola es, además de madre de dos hermosos chavalotes, una filósofa de nuestro tiempo y por eso quiero compartir una reflexión que siempre sale de su boca al respecto de la infancia: “Si falla Super Nanny, siempre nos quedará Hermano Mayor

Las dulces manitas de mi niño. Oooh!


           Un abrazo... Dulcemente



viernes, 21 de junio de 2013

LO PARANORMAL


            ¡Ay majetes! ¡Qué atareada está la vida! Hace un montonazo que no posteo, y no por falta de ganas, sino de tiempo... Os pido disculpas. Pero ya estoy aquí otra vez. En esta ocasión os quería enseñar unas cookies de chocolate. Recetas de cookies de chocolate hay unas doscientasmil en la web, pero yo os recomiendo la que Guille (compañero de fatigas laborales) nos propone en su blog (pinchad aquí). Y, por supuesto, echad un vistazo al resto de recetas que tiene. Hay una de “migas rápidas con chorizo” que... ¡mmmmm!


Los más espabilados que han leído el título del blog dirán que qué tienen de paranormal unas simples cookies. Pues, francamente, nada, pero podemos disfrutar del antagonismo de “unas simples cookies” y el fascinante y prodigioso mundo de lo paranormal. Porque, queridos amigos; hoy voy a hablar de lo paranormal. Sí, sí, no me he vuelto loca. En todo caso, mis sinapsis neuronales funcionan como antes. Es sólo que he tenido que agachar la cerviz ante ciertos fenómenos esotéricos que nos rodean a diario. Los que me seguís en mis andanzas blogueras, ya sabéis que he interpelado en varias ocasiones a los científicos de la NASA. Pues bien, vamos a dar un pasito más: Científicos de la NASA, científicos del CERN, científicos del mundo, amantes de las ciencias físicas, químicas y cuánticas, sabios, eruditos, doctos en general... Os lanzo un reto: ¿tendrías la amabilidad de encontrar una explicación científica a los hechos que expondré a lo largo de este post? Son hechos que nos acontecen a diario, que yo, en mi esplendorosa necedad, solo puedo atribuir a “los mengues”. (Conste que esto de los “mengues” me lo ha inculcado mi santo y su familia, que no lo he inventado yo) “Los mengues” son unos seres invisibles, inoloros, incoloros e insípidos y, por supuesto, paranormales, que hacen cosas paranormales para hacernos la vida mucho más... digamos... paranormal.


 
            Dicho lo cual, comenzaré mi disertación con el fenómeno paranormal más democrático de todos: “la evaporación de los objetos”. Digo que es democrático porque a esta rareza se la trae al pairo si peinas canas o tienes el acné a flor de piel; si eres chinito, blanquito o negrito; no diferencia entre sexos, religión u orientación sexual.  Incluso le resbala si eres de “frigo-dedo” o de “frigo-pié”. La “evaporación de los objetos” consiste en que tú estás tranquilamente preparandote el desayuno, por ejemplo. Le quitas el taponcillo a la caja de leche y... ¡vaya por Dios! Se te resbala de las manos. Ves como el taponcillo va rodando, rodando, rodando, hasta colarse bajo la mesa/silla/armario/”loquesea”. Te diriges a buscarlo y ¡oh fatalidad! ¡ha desaparecido!. Y corres la silla, mueves la mesa, arrastras tripa por el suelo tipo geo... en busca del taponcillo. Pero todo esfuerzo es improductivo. Sencillamente, no está, se ha evaporado, volatilizado, esfumado, sin rastro... No es cuestión de andarse rasgando las vestiduras por un taponcillo, la verdad, pero es que ahí no acaba la cosa. Porque el taponcillo aparece. ¡Claro que aparece! Justamente ahí. En bajo esa silla/mesa/armario/”loquesea” por donde lo viste desaparecer (y por donde, quizá, has pasado la escoba y la fregona un montón de veces).



Mi explicación científico-paranormal: los “mengues” necesitan intensamente un taponcillo para adivine usted qué. Ven uno bajo la mesa/silla/armario/”loquesea” y se lo apropian. Cuando ya no lo necesitan más, lo devuelven (porque los mengues, ademas de invisibles, inoloros, incoloros e insípidos y paranormales, son muy educaditos)




           El segundo fenómeno esotérico es algo que me trae a mi de cabeza. Este es más selectivo en cuanto a sus víctimas se refiere, porque solo nos ocurre a aquellos que llevamos bolso. El funcionamiento de este incidente paranormal es simple: jamás encontrarás a la primera lo que buscas. Es así. Vas a abrir la puerta de casa y sacas la lista de la compra. Buscas el monedero y saldrán los “clinex”. Vas a dar fuego a un/una mazotas/buenorra en (la puerta de) un bar y exhibirás un pintalabios/cargador de móvil. ¿Necesitas un boli? Pues ¡a ver como te las apañas con un tampax!.



La cosa es mucho peor si eres madre y llevas el típico bolso de “madre”. Las madres vamos a pagar en el super y vamos sacando: un rimel; dos o tres paquetes de pañuelos; el móvil; unas gafas de sol; la funda de las gafas de sol; las mini-toallitas húmedas; una botella (pequeña, gracias a Dios) de agua; unas galletas anti-rabietas de emergencia; alguna monedilla suelta; un “puñao” de tiquets antiguos, papelillos de cajero automático, envoltorios de caramelos y/o chicles que conforman el colchoncillo-base del fondo del bolso. Por no hablar de la peonza del mayor y el gusi-luz del pequeño. Y como te toque enseñar la tarjetita de puntos que llevas enganchada al llavero... pues se han dado casos de madres que han encontrado una copia en casette del primer disco de Mecano, no te digo más.



Pero da igual que sea un bolso tipo “madre” (o alforja); o esos bolsitos tan monos (que las madres envidiamos); o los bolsos de los chicos, con mil compartimentos, cremalleras, velcros e, icluso, mosquetones (la “mariconera”, como decía mi padre, de toda la vida, vamos); o esas riñoneras colocadas justamente debajo de los abdominales (sí, abdominales, dejémoslo así).



Mi explicación científico-paranormal: Los “mengues” viven en los bolsos. Es su hábitat natural. Cada bolso tiene su “mengue” y allí se aburren bastante. Asi que se entretienen acercándote a la mano las cosas que van pillando. Y se parten, claro porque los “mengues”  ademas de invisibles, inoloros, incoloros e insípidos y paranormales, son unos cachondos.

En todo caso, los únicos que se libran son un tipo muy especial de bolso: los coquetuelos, pero absolutamente inoperantes, bolsos de boda.  Pero, claro, eso no tiene mérito porque un “mengue” no entra ahí. En los bolsos de boda solo caben los “clinex” para llorar a moco y baba en cuanto uno entra a la iglesia. Punto.



Para terminar con este mundo de “cuarto milenio” en el que nos hallamos, hablaré un poco del fenómeno más paranormal de todos los fenómenos paranormales que hay: la lavadora. La lavadora no es solo una ingeniosa máquina en la que metes la ropa sucia y sale limpia ¡Nooooo! La lavadora es la puerta a una cuarta dimensión clarisimamente. Vamos a ver. Tú vas a poner una lavadora. Metes la ropa. Echas el jabón, el suavizante, el antical, el “oxi-accion”, el potenciador de color, el anti transvasador de colores y toda la parentela de productos. Das al botoncillo de “empezar a lavar” y te vas tranquilamente a otra cosa. Cuando termina, sacas la ropa, la tiendes y la "destiendes". Pero cuando te dispones a doblar la calcetinada de turno... ¿dónde está la pareja de alguno de los calcetines? ¿Eh? ¿Dónde está? No falla, oye. Siempre hay algún calcetín que sale solitario del tambor...



Mi explicación científico-paranormal: La cosa es diáfana como la luz del día. Se van a otra dimensión. Al limbo de los calcetines. Supongo que allí se toman un descansito, piensan en sus cosas, reflexionan sobre su arrastrada y, en ocasiones, olorosa vida. Seguramente se pregunten esas cosas trascendentales de la vida, a saber: “¿quién soy?... ¿de dónde vengo?... ¿a dónde voy?... ¿Por qué ese tiene dibujitos y yo soy liso?... ¿Por qué se me afloja la gomilla?... ¿Por qué (si se trata de un calcetín tipo ejecutivo) no se me afloja la gomilla ni “pa´Dios”?... ¿En qué momento se extinguieron los calcetines con dedos?...¡Buf! voy a tomarme un “peusek on the rocks” que me estoy estresando” Y, cuando ya han cargado pilas, vuelven por donde habían escapado, esto es, la lavadora. Y es entonces cuando, un buen día, te encuentras con que el calcetín perdido ha vuelto y puedes volver a juntar gozosamente a la pareja de calcetines.



En este caso, mi explicación científico-paranormal nada tiene que ver con los “mengues” si no fuera porque son precisamente ellos quienes abren y cierran la puerta de la cuarta dimensión para que los calcetines vayan con un poco de orden a tomarse ese merecido descansito. Si no fuera por ellos el tráfico “interdimensional” sería un despiporre. Y es que los “mengues” son  invisibles, inoloros, incoloros e insípidos,  paranormales y se parecen mucho a un portero de discoteca de moda de TriBeCa (con pinganillo y todo, no te creas. Que organizar la cuarta dimensión no es moco de pavo).






No puedo terminar este post sin antes comentaros una última cosilla. La desaparición en décimas de segundo de las cookies de chocolate no fue nada paranormal en absoluto. Nos las zampamos mi santo, mi niño y yo tan ricamente. Los “mengues” andaban organizando mi bolso de madre....

Un abrazo... Dulcemente.