Bienvenidos

¡Bienvenidos! Este no es un blog de repostería creativa al uso. Aquí tenéis una mezcla de dos aficiones: los postres y escribir lo primero que se me viene a la cabeza. Echadle un poquito de azúcar y humor a vuestras vidas, seguro que os sentiréis mejor. ¡Gracias por leerme!

Os podéis poner en contacto conmigo con el correo electrónico que aparece en la cabecera.

También estoy en facebook. Pincha aquí para visitar mi página.

Gracias (otra vez)

Un abrazo... Dulcemente
Mostrando entradas con la etiqueta Niños. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Niños. Mostrar todas las entradas

martes, 24 de septiembre de 2013

LA PEQUEÑA FUERZA QUE MUEVE AL MUNDO

            (Nota previa: Os traigo unas nubes, ¡¡como las de los kioskos!! (Receta de Webos Fritos) Las he hecho en varias ocasiones con un éxito fulminante, aplastante y arrollador. Podéis preguntarle a Misanto (o mejor, a mi niño) si no me creéis. Fin de la nota previa)




A menudo los hijos se nos parecen
así nos dan la primera satisfacción (…)
Esos locos bajitos que se incorporan
con los ojos abiertos de par en par,
sin respeto al horario ni a las costumbres
y a los que, por su bien, hay que domesticar.
Serrat dixit.


            Hay una pregunta que  nos reconcome la conciencia desde el mismo momento en que la adquirimos (eludo especificar edad, no es elegante) ¿qué es lo que mueve al mundo? Pues, tras grandes reflexiones cerebrales he llegado a la conclusión que de Galileo, Copérnico, Bacon, Kepler y demás parentela no tenían ni idea.  La verdadera fuerza que mueve nuestro planeta son los niños. Cavilad un poco y descubriréis en qué momento vuestro mundo empieza a girar de manera diferente... ¿Desde cuándo levantarte a las 9 de la mañana te parece el súmmum del ganduleo? ¿Cuándo decides que poner “cualquier cosilla” para comer no es válido porque no es lo suficientemente nutritivo/sano/equilibrado? ¿En qué momento planchar es más apremiante que echar una partidita a la “play”? ¿Cuándo vuelves a quedar con los amigos a las 6 de la tarde? Pues exactamente en el mismo momento en que la crema solar es un indispensable en el bolso veraniego,  hablamos de cacas sin que nos de asco (número, aspecto, color y consistencia) incluso comiendo y el silencio es el bien más preciado...



            El hecho de haberme convertido en madre un buen día no me hace una experta en el mundo infantil, para nada. Soy sobradamente consciente de que muchos de los que me leéis sois madres/padres (en adelante progenitores) de más de un churumbel. Incluso hay algunos que tienen tres. Y chaladas perdidas que, en su día, tuvieron ¡cuatro y cinco! (si, si, suegra y madre, es por vosotras). Pero con mi único hijo y mi capacidad observadora (y la de Mi Santo) he ido recogiendo en mi bagaje vital algunos puntos que me parece interesante compartir. Algunos pueden tomarse como consejos, otros como meras observaciones, otros como obviedades... pero todos tienen un punto en común: son absoluta e indiscutiblemente ciertos. Empezamos:



Punto de mi bagaje vital sobre la infancia Nº 1: Los niños no vienen con un pan bajo el brazo.
Vienen con la maxicosi, el cochecito, la silla de auto, la bañera, la trona, la cuna, la minicuna, la cuna de viaje, el cambiador, diez kilos de ropa, cien kilos de pañales (en limpios, en sucios no he echado la cuenta), y unos cuatrocientos tipos diferentes de cremas, lociones, pomadas, colonias, geles... por no hablar de las quinientas  clases de biberones, tetinas, leches en polvo, cereales sin gluten y “gluteneados”, calienta biberones, chupetes (con cadenitas variadas) y el esterilizador (que merece renglón aparte).
Si los niños vinieran con un pan bajo el brazo sería todo muy sencillo (menos parirlo, claro). Llevarías al niño con un brazo y con el otro el pan. Ya está.



            Punto de mi bagaje vital sobre la infancia Nº 2: Menos es más.
Este punto está en clara relación con el anterior. Cuanto menor es la edad de la criatura, más trastos hay que acarrear (lease punto Nº 1, no me lo hagan escribir otra vez...).
Pero hay dos hitos en la historia de ser progenitores que celebras con lagrimillas en los ojos de la emoción: El día que no tienes que arrastrar la cuna de viaje allá donde vas y el día que no tienes que llevar pañales. Es como un auténtico soplo de brisa marina, como un vaso de agua fresquita en pleno agosto,  como quitarse los zapatos al llegar a casa (no, mejor, como quitarse unos zapatos dos tallas menos al llegar a casa)...

Nubes bañaditas en chocolate. Muero.


            Punto de mi bagaje vital sobre la infancia Nº 3: Todos escondemos un pseudo-pediatra en nuestro interior.
Es una habilidad innata que aflora al llevar algún tiempo como progenitor y crece exponencialmente con el tiempo. Pongamos por ejemplo que el bebé se pone a llorar. Entonces el coro de sabios (en el que me incluyo) empieza a sentenciar en el tono seguro que confiere la maestría: “tiene gases, cógelo bocabajo”… “pobrecillo, tiene hambre”… “mírale el pañal, lo mismo está sucio”…
Y si el niño babea un poquillo... “¡huy, huy, huy... este niño está echando los dientes!” ¡huy, huy, huy… este niño está echando los dientes!” “¡Pero si tiene 15 días!” – intentas replicar. “Nada, nada. Está echando los dientes, te lo digo yo” El niño se tira tres o cuatro meses babeando y el sabio `seudo-pediatra diciendo “¡huy, huy, huy... este niño está echando los dientes!” y finalmente, llega la época de la erupción dentaria y aparece el dientecillo... “¿ves? Ya te decía yo que este niño estaba con los dientes”. Nuestro pseudo-pediatra es un ser tempranero a más no poder, no me digas que no.



            Punto de mi bagaje vital sobre la infancia Nº 4: El esterilizador que merecía renglón aparte.
Antes, nuestras madres ponían de cuando en cuando la olla grande al fuego y ahí hervían los biberones y demás aperos que usaban para alimentarnos. Ahora han inventado... tachán, tachán... ¡¡¡el ESTERILIZADOR!!! ¡¡¡El terror de los gérmenes y las bacterias!!!
Mmmm no logro entender cómo nuestra generación ha sobrevivido con biberones sin esterilizar… Y, francamente, ahora mismo deberíamos estar llevando a nuestras madres un bocata de mortadela con una lima dentro (sin esterilizar, claro) a la cárcel. Por imprudentes.



            Punto de mi bagaje vital sobre la infancia Nº 5: Alimentando al rapáz.
Cuando tienes un bebé hay que alimentarlo porque, como ya hemos dicho, no vienen con un pan bajo el brazo para que vayan picando si tienen hambre. Por lo tanto te vas a enfrentar a unas cuantas horas de lactancia/biberoneo nocturno. Yo encendía una lamparita chiquitita, lo justo para dar un poquitillo de luz sin desvelar. La ponía en el suelo y me sentaba en el sofá a darle de mamar. En esos momentos de gran silencio y soledad, tienes tiempo de sobras para adentrarte en tu mundo interior con la mirada perdida en el infinito. Pero como eso, en mi caso, me aburre bastante, y jamás he sabido exáctamente cómo se mira al infinito, pues unas veces miraba al niño, otras al techo, otras al suelo... Y ¡oh sorpresa! Ahí encontré a las graaandes compañeras de lactancia nocturna: ¡las pelusas! Y de tanto mirarlas y ver cómo crecían, pues se las va cogiendo cariño. Las mías se llamaban Polvorilla, Malena y Séneca (porque era muy lista y sobrevivió a tres pasadas del aspirador.



            Punto de mi bagaje vital sobre la infancia nº 6: Los niños no vienen de París.
Quizá cuando nuestro hijo es pequeñito, podemos creer en el mito de que la criaturita ha venido desde el bello París, colgadito de una pulcra sábana en el pico de una grácil cigüeñita suave y algodonosa. Deja pasar tres añitos o así y descubrirás que de grácil cigüeñita nada de nada. En verdad los niños vienen de Ikea (sí, sí, la gran tienda sueca). Prueba a pedirle que se lave los dientes/recoja los juguetes/venga a cenar… verás que el niño es compatriota del rubio de Abba.

            Punto de mi bagaje vital sobre la infancia nº 7: Equipamiento de serie de los bebés.
-          Altímetro infalible: Lo que le permite detectar cualquier diferencia de altura. Si lo estás acunándolo de pié y te sientas, lo notará; si está dormido en tus brazos y lo dejas amorosamente en la cuna, lo notará también. El altímetro infalible viene equipado con alarma sonora en modo “llanto”.
-          Radar de amplio alcance: De esa manera detecta rápida e infaliblemente la presencia de la madre en la habitación aunque no pueda verla. Igual que en el Altímetro infalible, el Radar hace saltar la alarma sonora en modo “llanto” y, a veces, “berrido”.
-          Equipo de escucha ultrasónico: lo cual le permite despertarse de inmediato con el más mínimo ruido que se produzca en la otra punta de la casa e, incluso, en la casa del vecino.
-          Estos tres avances de la ciencia no serían nada sin el último y más importante gadget del que dispone el roro: el amplificador. Por supuesto plenamente equipado con: potenciómetro, surround, ecualizador, subwoofer, overdrive y pedal de wah-wah que el pequeño va usando en función de las ganas (imperiosa necesidad, más bien) que tengan los progenitores de dormir.



Antes de terminar querría presentaros “virtualmente” a mi amiga Lola. Lola es, además de madre de dos hermosos chavalotes, una filósofa de nuestro tiempo y por eso quiero compartir una reflexión que siempre sale de su boca al respecto de la infancia: “Si falla Super Nanny, siempre nos quedará Hermano Mayor

Las dulces manitas de mi niño. Oooh!


           Un abrazo... Dulcemente



miércoles, 13 de marzo de 2013

PARA "ESOS LOCOS BAJITOS" (CONTINUACIÓN)

     Aquí tenéis la segunda parte del cuento. Para el que no haya leído el principio, puede pinchar aquí para coscarse de qué va el invento. Y como no, lo adorno con galletas decoradas con glasa real.
     Sin más preámbulos ni circunloquios, ahí va el desenlace de...

FWESKI (O LO QUE PUEDE PASAR SI UN
EXTRATERRESTRE VIENE A LA TIERRA) II

Aquí es donde viene lo más interesante de mi inspección a la Tierra. Anonadado observé como, con una especie de palito blanco, se ponía a escribir en la pared negra. (En Ganímedes nos dan clase con hologramas, no se escribe en las paredes) ¡Estaba fascinado! Necesitaba hacerme con uno de esos palitos para sorprender a los ganimedianos y, de paso, llevarme una “Matrícula de Honor Estelar” en mi trabajo. Pero no podía hacerlo hasta que no terminara la clase, con lo que, me senté en el suelo a esperar mientras pensaba en la cara que pondría Gimli “el Mocos” cuando me viera con mi flamante “Matrícula de Honor Estelar”.



             No sé el tiempo que pasó porque me quedé dormido, pero jamás he tenido un despertar tan agitado. Primero, sonó una alarma a tal volumen que poco faltó para provocarme una parada cardiaca. Después tuve ocasión de degustar de nuevo el griterío que los humanos son capaces de producir. Antes de darme cuenta, todos los terrícolas habían salido al recreo. Estábamos solos la maestra y yo. Se levantó despacito de su silla. Ahora su cara era de necesitar unas vacaciones pagadas. Me dio un poquito de pena. Al fin y al cabo, me sentía un poco culpable de lo acontecido en esas horas. Me acerqué a ella con afán conciliador y le intenté animar con unos golpecillos en la espalda. No lo conseguí. Se puso muy tiesa y se giró bruscamente hacia mí. Ya no había ni rastro de cara de necesitar vacaciones. En realidad se parecía mucho a la cara que puso mi padre cuando le dije que le había arreglado yo los frenos de su nave. Entonces caí en la cuenta de que debe de ser un pelín desconcertante que “nadie” te dé golpecitos en la espalda. Anotación mental: “¿quieres hacer el favor de ser discreto de una vez?”


La maestra salió de la clase y me dejó solo. A partir de entonces fui discreto a más no poder. Sin humanos a mi alrededor, me atreví a coger el palito y escribir “chúpate esa” pensando en Gimli, “el Mocos”. ¡Qué chulada! Me metí el palito blanco en el bolsillo. Y una cajita llena de ellos que me encontré en un cajón. Aprovechando que el resto de aulas estaban vacías, arramblé con todos los palitos blancos que encontré. Esto marcaría un antes y un después en Ganímedes. Yo creo que, además de mi “Matrícula de Honor Estelar” iba a entrar en los anales de la historia como el intrépido explorador espacial que llevó los palitos blancos al planeta. Gimli “el mocos” se iba  a poner verde de envidia...

La atronadora alarma volvió a sonar y yo, haciendo un genial alarde de discrección, me aparté prudentemente a un ladito del pasillo para no hacer tropezar a nadie más y salí al exterior por la primera ventana que pillé. Una pena tener que ser invisible porque la atravesé dando un salto con doble tirabuzón de flipar.

Ya estaba en el patio, desierto de terrícolas. Caminando pegadito a la pared eché a andar hacia el bosquecillo donde estaba “el Pichón”. Fue entonces cuando me surgió una duda. ¿Pintarían en los ladrillos? Emocionado, estampé en la fachada un “chúpate esa” bastante grande. ¡Sííííí! ¡¡Funcionan!! “Chúpate esa” “chúpate esa” “chúpate esa”... en pequeño, en mediano, varias veces. Así hasta que llegué a mi nave medio oculta entre matojos y arbolillos.

Y aquí estoy ahora, en “el Pichón”. No he contado la cantidad de palitos que me llevo, pero son muchos. Creo que voy a comer el bocata y a echar una buena siesta antes de salir a inspeccionar otra vez.


13:00

He tenido que activar la salida inmediata. Vuelvo a Ganímedes a toda castaña. Me han pillado. Esa es la bochornosa realidad. Mira que he intentado ser discreto.

Varias cosas han llevado a los terrícolas a dar conmigo y con mi nave. Para empezar, no ha sido muy buena idea llevarme todas las “tizas” (curioso nombre dan los terrícolas a mis palitos blancos) del colegio. Debí haber dejado unas pocas. ¡Ay! ¡La avaricia, qué mala es! Luego, el ir dejando un rastro de pintadas que dirigían directamente a “el Pichón” no ha sido muy discreto. Asociar la falta de tizas y mis encendidas proclamas pintadas en la pared, no les ha llevado ni cinco minutos. Para terminar, lo que yo pensaba que era un bosquecillo sin importancia, no era otro que el huerto escolar. Por lo visto, he aterrizado encima de una plantación de calabazas de los de cuarto curso. Y para remate del tomate, a pesar de ser mi nave de color verde, se debía ver estupendamente ya que asomaba un poquito más que “el pico de arriba”, como pensé yo en un principio.

-          ¡Sal de ahí, graciosillo!
-          ¡Y saca ese trasto del huerto ahora mismo!
-          ¡Devuelve las tizas inmediatamente!
-          ¡Veremos a quién le dices “chúpate esa”, descarado!

Todo esto lo escuché desde mi nave mientras aporreaban la puerta. Estaban enfadados, muy enfadados. Y eran muchos. Todo el colegio en pleno. Con Director y Jefe de estudios y todo. Se quedaron un poco pálidos al verme (supongo que porque no se imaginaban a un ganimediano en su huerto y porque nosotros somos de color azul, no esa especie de rosa-amarillento tan poco favorecedor). Pero al ser más en número y no tener yo ganas de líos, les dije que lo lamentaba mucho, que no lo repetiría más, que ahí tenian sus tizas, que lo de “chúpate esa” iba por Gimli “el Mocos”, que, por favor, no dijeran nada a nadie y que me iba inmediatamente y que adiós, buenos días. Cerré la puerta raudo y veloz y, como alma que lleva el diablo, tomé las de Villadiego.

¡En fin! Una pena. Pero yo soy un extraterrestre con recursos, no creáis. Cuando devolví las tizas a los terrestres, escondí pícaramente dos de ellas en el bolsillo de atrás del pantalón. A veces me sorprende mi propia sagacidad. Lo malo es que, cuando me senté para tomar los mandos de “el Pichón” se rompieron una en tres pedazos y la otra en dos. No me importa mucho, porque he comprobado que funcionan igual.

Y ahora vuelvo a Ganímedes. A mi casita. Decidido a pasarle las tizas por el morro a Gimli “el Mocos”, decidido a aprobar de una vez “Conocimiento del Medio Interestelar” con una redacción apabullante (aunque tenga que adornarla un poquito) y decidido a convertirme en el Héroe Interplanetario del momento.

FIN


EPÍLOGO: Trabajo de Fwesky presentado para la asignatura “Conocimiento del Medio Interestelar”
He emprendido un peligrosísimo viaje al planeta Tierra. He sometido a un escrupuloso estudio a sus habitantes. He expuesto mi integridad a un sinfín de peligros. Y he conseguido sacar una serie de conclusiones que paso a enumeraros ahora:
1.- Los terrícolas también van al colegio
2.- A los terrícolas no les gusta nada que un ganimediano invisible lance por los aires su papelera. (Nota: la papelera es una especie de cilindro metálico que no he podido averiguar para qué sirve)
3.- Los terrícolas gritan muchísimo si un ganimediano  invisible lanza por los aires su papelera (aunque sea sin querer)
4.- Los terrícolas pueden ser tan miopes como mi abuelo Higi y usan también remiendaóculos.



5.- A los terrícolas no les gusta nada que un ganimediano invisible les toque la espalda (aunque sea un acto totalmente inocente y amigable)

6.- Los terrícolas pintan en las paredes y no pasa nada (ni los meten en la cárcel ni nada) con unos palitos blancos, a los que llaman "tizas", de los cuales traigo una amplia muestra para vuestro asombro.

En general ha sido un viaje productivo. Pero me ha dicho mi abuelo Higi que está muy feo quitarle los remiendaóculos a la gente. Que qué va a hacer la maestra sin sus remiendaóculos. Que si me parecía bonito dejar a la pobre cegata perdida y que debo devolverlos sin tardanza. Ante todos estos argumentos, volveré a la Tierra en breve. Y prometo no aterrizar sobre ningún huerto y, sobre todo, ser discreto.

jueves, 28 de febrero de 2013

PARA "ESOS LOCOS BAJITOS"

            Seguidores, simpatizantes, lectores de mi blog, amigos todos: Con vuestro permiso, este no es un post para vosotros. Lo lamento. En esta ocasión he decidido dejar mis reflexiones para otro momento y liarme la manta a la cabeza para cambiar de tercio. Esta entrada es para los niños. Voy a contar un cuento. “¿Y eso?” preguntaréis ojipláticos. Varias razones tengo en mi interior: que me ha brotado, que me apetecía, que soy un poco masoca y que en breve llegan las comuniones (y algún/a niño/a que otro/a va a celebrar ese día tan especial en la infancia...). Dicho lo cual: niños y niñas, espero que este relatillo, que voy a dividir en dos capítulos, os guste (también espero que os gusten las galletas que van a acompañarlo). Nada más, ¡valor y al toro!



FWESKI (O LO QUE PUEDE PASAR SI UN
EXTRATERRESTRE VIENE A LA TIERRA)


-    Bip, bip, biiiiiip.
-    Nave interestelar “Pichón Centenario” llamando a planeta Ganímedes. Cambio.
-    Brrrrr fsssss biiiiiiiiiip fsssssssssssssssssssss bip biiiip.
-    Nave interestelar “Pichón Centenario” llamando a planeta Ganímedes. Cambio.
-    Biip biiiiiip brrrruuuuurrrrr fssss.
-    ¡Maldito cacharro! A ver si dándole unos golpecillos al potenciómetro intercomunicador...
Pom, pom, pom.
-    Fssss bip bip
POM, POM, POM.
-    (Fsss) Planeta Ganímedes (brrrr) llamando a Fweski (fssss) ¿qué son esos golpes? Cambio. (Fssss)
-    Fweski a la escucha. El potenciómetro intercomunicador funciona a la virulé. He tenido que darle un escarmiento. Cambio
-    Déjate de tonterías, Fweski. Comunique (fuurrrsss) el estado de la misión (fsss). Cambio.
-    Acabo de visualizar el planeta Tierra.
-    (fsss) ¡Perfecto! Continúe su (fsss) cometido y recuerde: ¡sea discreto! (fssss). Cambio.
-    De acuerdo. Cambio y corto.




8:30 horas.

            Aquí comienza el Cuaderno de Bitácora de Fweski, habitante del planeta Ganímedes. Hace unos minutos he avistado la Tierra desde mi nave, “El Pichón Centenario”, y hacia allí me dirijo. Tengo que presentar un informe detallado de los terrícolas, (cómo son y cómo viven) para la asignatura de “Conocimiento del Medio Interestelar” del colegio. Llevo ya dos cates, pero con este trabajito seguro que me ponen un sobresaliente. Y se lo pasaré por los morros a Gimli “el Mocos” que se tiene muy creído lo de ser el que mejor notas saca.


            Debo ser discreto. Ningún terrícola debe darse cuenta de mi presencia. Para ello podré utilizar la “invisibilización integral”. De ese modo seré invisible para los humanos y camparé a mis anchas entre ellos. Mi primo Zúminski me enseñó la antigua técnica ganimediana de la “invisibilización integral” (tirar de la oreja derecha y taparse la nariz). Compleja al principio, pero muy útil en general.

            Debo dejar de escribir este Cuaderno de Bitácora si no quiero esmorrarme contra el suelo terrestre. Voy a aterrizar. ¡Qué emoción!

9:00 horas.

            Querido Cuaderno de Bitácora. He escondido al “Pichón Centenario” en una especie de bosquecillo muy pequeño. Creo que asoma un poco la punta, pero como el Pichón es verde también, espero que disimule y nadie lo vea.

            Desde la ventanilla de mi nave veo un edificio cercano. ¡Estoy emocionado! ¡Voy a conocer de primera mano a los terrícolas! ¡Allá voooy!



11:00 horas.

            Querido Cuaderno de Bitácora. Ya estoy de vuelta en el “Pichón”.
He ido hasta el edificio. Es un colegio. Lo averigüé al asomarme a la ventana y ver un montón de terrícolas sentados en pupitres, mirando todos en la misma dirección, salvo dos: uno que miraba atentamente algo en el techo y el otro, la maestra, que miraba a los terrícolas. Me disponía a atravesar el cristal (porque los gaminedianos atravesamos cristales) cuando me percaté de que era aún visible. ¡Casi la lío! Debo ser más cuidadoso si quiero pasar desapercibido. Hice una anotación mental en mi cerebro: “Ser discreto, recuerda, ser discreto”. Me invisibilicé pero algo salió mal. No sé si será algún gas de la atmósfera terrestre o qué, pero en mi forma invisible no consigo ver bien. Todo son como bultos borrosos. Me visibilicé e invisibilicé varias veces, y nada. Borroso, todo borroso. Finalmente, pensé que sería mejor que entrara de una vez y dejara de hacer el tonto. Al final me iban a pillar y me estaba quedando helado. Además ver borroso no es tan grave. Mi abuelo Higi es miope perdido, lleva remiendaóculos todo el día y no pasa nada.


Entre los nervios que tenía y lo cegato que estaba, lo primero que hice al atravesar el cristal fue meter el pie en una especie de cilindro que había en el suelo. Observé el extraño objeto. Era metálico, bastante bonito, pero muy incómodo para caminar con él. Asi que decidí sacar el pie. Pero no tuve éxito. El cilindro se aferraba a mi zapatilla como los mocos a la nariz de Gimli “el Mocos”. Así que tiré y tiré con mis manos hasta que salió despedido por los aires armando un gran estruendo. Nada comparado con al guirigay que se preparó en el aula:
-    ¡La papelera!¡La papelera!
-    ¿Quién ha sido?
-    ¡La papelera ha volado!
-    ¡Silencio niños!
-    ¡Cómo ha molado!
-    ¡Ella sola, señorita, ha volado sola!
-    ¡Silencio!

Yo usé otra antigua técnica gaminediana, muy útil en los casos en que puedes salir malparado: huir. Salí escopetado hacia la parte delantera de la clase tropezando con tres sillas, un pupitre y cinco mochilas que estaban en el suelo, lo cual provocó más confusión entre los terrícolas. Finalmente aterricé contra la mesa de la maestra. Con el golpetazo en plena nariz, me visibilicé. Lo noté porque de repente lo veía todo claro, lo que me permitió descubrir unos remiendaóculos como los de mi abuelo Higi encima de la mesa de la maestra. Rápido como el viento me los puse y volví a invisibilizarme. ¡Perfecto! ¡Veía estupendamente! Ahora me sería más fácil cumplir mi misión.


En esos procesos me hallaba cuando me percaté de que dos terrícolas (para ser más exactos, una terrícola y un terrícola) me miraban. Mejor dicho; miraban hacia donde yo estaba. Porque yo acababa de invisibilizarme. Lo recordaba perfectamente. Soy despistadillo pero no tanto. ¿Me habrían visto cuando me arreé contra la mesa? Espero que no. E inmediatamente repetí mi anotación mental: “ser discreto, ser discreto, SER D-I-S-C-R-E-T-O.”

Parece que la calma regresaba al aula. La maestra tornaba a su mesa a buen paso y con cara de necesitar unas vacaciones. Yo juro que lo intenté (y prometo ser rápido en mis movimientos) pero, entre el canguelo de la sospecha de haber sido visto y lo veloz de la caminata de la maestra, no conseguí retirarme a tiempo. La pobrecilla tropezó con el mismo pinrel que quedó atrapado en el cilindro y fue trastabillando en un “parece que me caigo, parece que no” hasta que tomó apoyo en la pared negra del fondo y logró guardar el equilibrio y la compostura. La estruendosa carcajada fue silenciada de inmediato con un golpe seco de la mano sobre la mesa y las palabras:

-          ¡¡Examen sorpresa!!

Aquí es donde viene lo más interesante de mi inspección a la Tierra...

CONTINUARÁ...



(Nota final para los mayores: Aunque no lo pretendía, este relato me ha recordado a una novela del genial Eduardo Mendoza, “Sin noticias de Gurb”. Si no la habéis leído, es pecado. Y si después de esta recomendación no la leéis, no tenéis perdón.)




Un abrazo... Dulcemente.