Bienvenidos

¡Bienvenidos! Este no es un blog de repostería creativa al uso. Aquí tenéis una mezcla de dos aficiones: los postres y escribir lo primero que se me viene a la cabeza. Echadle un poquito de azúcar y humor a vuestras vidas, seguro que os sentiréis mejor. ¡Gracias por leerme!

Os podéis poner en contacto conmigo con el correo electrónico que aparece en la cabecera.

También estoy en facebook. Pincha aquí para visitar mi página.

Gracias (otra vez)

Un abrazo... Dulcemente
Mostrando entradas con la etiqueta Galleta decorada. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Galleta decorada. Mostrar todas las entradas

sábado, 19 de octubre de 2013

UNA HISTORIA DE MIEDO


            Queridos amigos en la virtualidad. Llega “jalogüin” otra vez. Y en esta ocasión quiero contaros una historia no apta para pusilánimes que os pondrá los pelos de punta. No voy a usar los nombres de mis amigos, a fin de preservar su identidad, pero, todos fuimos protagonistas, como Misanto y yo, de este laxante acontecido que os voy a relatar.

Galleta de mantequilla decorada con glasa real

            Se avecinaba una noche oscura como el sobaco de un grillo (y era una noche oscura porque una historia terrorífica como ésta no da miedote si sucede a pleno sol) Misanto y yo nos dirigíamos en nuestro coche a un hotelito rural para pasar un entretenido y bucólico fin de semana con mis amigas y sus respectivos santos. Iba conduciendo yo, con lo que ya deberíais tener una buena dosis de terror en vuestras venas. Espesas nubes empezaban a encapotar el cielo crepuscular.

Llegamos a nuestro destino. Tras los besos y saludos variados que nos repartimos, nos dirigimos a lo que creíamos iba a ser un coqueto hotelito. Pero no. Recortado a contraluz, sobre una pequeña loma, se erigía una casa de aspecto lóbrego e inquietante. Se alzaba, en el lado derecho, un sórdido torreón y, a la izquierda, un árbol retorcido y más seco que un bocata de tizas. Una verja negra, como de camposanto, rodeaba el perímetro del hotel.
- “Ññññiiiii” – exclamó amenazadoramente la verja al abrirla.
- “Ññññiiii” – se quejó la puerta de entrada al empujarla.
- “Uhhh” “Uhhh” – ululó un búho en la oscuridad.

Un poco acojonados, entramos en la casa. En la recepción, nos esperaba un hombre moreno y delgado con un inquietante parecido físico a Norman Bates (el de “Psicosis”). Qué queréis que os diga, a mí, al verle, ya me temblaban las canillas. Con voz profunda, grave, como de ultratumba, nos dijo: “si me permiten sus DNI para el registro, por favor…” ¡Ni el mismísimo Conde Drácula hablaría con semejante tono de voz, educación y parsimonia! Todos nos quedamos petrificados. A punto estuve de agarrar la maleta y volver por donde había venido cuando “Norman” repitió:
- ¡A ver!, los “deneisesp´hacer la ficha, ¡que no tengo todo el día!
Lo que es  la sugestión, ¡Santo Dios!

Mientras rellenaba los formularios, un silencio sepulcral nos rodeaba. Uno miraba al otro, el otro miraba a aquél, aquél se balanceaba, como el elefante en la tela de una araña, ora sobre un pie, ora sobre el otro. Por mi parte, miraba con detenimiento las telarañas que festoneaban la lámpara del techo de los tiempos de Luis XVI (las telarañas digo, no la lámpara). Cualquier cosa con tal de no mirar a “Norman”, que seguía concentrado garabateando los papeles. Entonces ocurrió. Un grito. Que digo grito. ¡EL grito!, “peazo” de grito, la madre de todos los gritos, desgarró el aire.
- ¡¡¡¡AAAAAHHHHH!!!! – salió de la garganta de uno de nosotros.
Ipso facto, se helaron los litros de sangre de todos en las venas de cada cual.
- ¿Lo qué te pasa, muchacho? – pregunto “Norman”.

Por toda respuesta, mi amigo extendió su mano, que con el temblor que tenía, señalaba, al mismo tiempo, la puerta de entrada, la escalera, una puertecita donde ponía “privado” y un pasillo. Finalmente, todos dimos con la causa de su agónico lamento. Por el angosto y oscuro pasillo vimos cómo se aproximaba a nosotros una siniestra figura, ancha, de cabeza grande. Caminaba torcida, despacio, como evocando a la muerte que, sin lugar a dudas, caería sobre nosotros más pronto que tarde.
- ¡¡¡¡AAAAHHHHH!!!! – gritamos todos a una, como en Fuenteovejuna.
- ¡¡¡Un zombi!!! – gritó otro.
- ¡¡¡No me muerdas con tus afilados dientes, por el amor de Dios!!!
- ¡¡¡Los que muerden son los dráculas, no los zombis, pánfilo!!!
- ¡¡¡Que no, que los zombis también muerden!!!¡¡¡que lo he visto en Walking dead!!!
- ¡¡¡Los hombres-lobo también muerden!!!
- Vale, todos muerden. ¡¡¡Pero, no me muerdas a mí!!!
- ¡¡¡El Tío Camuñas!!! ¡¡¡Es el Tío Camuñas!!!
- ¡¡¡QUEREIS CALLARSUS YA, PEAZO GAZNÁPIROS!!! – este era “Norman”.
Se hizo el silencio más sepulcral que yo he oído nunca.
- ¿No veis que es mi papa? – continuó diciendo.


Efectivamente, la terrorífica sombra era la de un abuelete cándido, cojo y, a todas luces, sordo como un gato de escayola, ya que siguió caminando, sin inmutarse por nuestros gritos, cojeando y apoyado en su andador. “Norman” nos miraba con pinta de tener ganas de embutirnos en una camisa de fuerza. Meneó la cabeza, nos devolvió los carnés y nos dijo:
- Darse una vueltecita por el pueblo, a ver si sus despejáis la mollera un poco. Pero… yo que vosotros, no m´arrimaba al río esta noche.
- ¡No me digas que hay un monstruo terrorífico en sus aguas! – dijo uno.
- ¡Ay mi madre! El fantasma de una muchacha ahogada en extrañas circunstancias vaga por allí ansiosa de llevarse con ella a los desventurados que osan pasear durante la noche por la orilla del río ¿verdad? – aventuró otro.
- Porque  hace un ris que corta el pis – dijo Norman con pinta de estar un poco harto de nosotros. – Luego sus cogéis un enfriamiento y no me quedan “fernandoles” pa darsus.


Un poco abochornados, agarramos nuestros equipajes y subimos por la estrecha y crujiente escalera sin decir ni . Ocupamos nuestras habitaciones, en número de dos, una de chicas y otra de chicos, por el tema de economizar. Estuvimos todos de acuerdo en que tomar un poco el aire fresco nos sentaría de perlas, y no digamos si, a la par tomamos también, una tortilla de patatas.

Salimos a la calle. Efectivamente, el grajo iba esa noche raspando sus partes pudendas por el suelo, como había predicho “Norman”, cosa por otra parte normal, ya que estábamos en noviembre. Nos dirigimos hacia la iglesia, orientados por su torre. No era por curiosidad por la arquitectura local ni por búsqueda de consuelo espiritual, cosa que, por otra parte, nos hubiera venido muy bien a todos, y, de paso, pedirle al cura que nos administrara el 5º sacramento por lo que pudiera pasar. Como digo, nos dirigimos hacia la iglesia para poder cenar algo en el bar que, invariablemente, hay enfrente. Una luz mortecina iluminaba el local lleno de parroquianos. Nos pedimos una tortilla de patatas y una ración de calamares a la romana.


Una vez hubimos dado buena cuenta de nuestra opípara cena, nos sumergimos en la idiosincrasia de las gentes acodadas en la barra o, lo que es lo mismo, cotillear.
- Paice que esta noche va a jarrear de lo lindo – dijo uno bajito.
- Si, eso parece – apostilló otro que llevaba una cachava.
- Sólo espero que no sea como la tormenta del 63 – intervino un abuelillo arrugado como una pasa.
- ¡Esa sí que fue buena! ¡La de muertos que salieron de sus tumbas! – replicó el de la cachava.
- Me paice que lo menos treinta -  dijo el bajito – ¡Y al Emilio lo encontraron p´allá,  en las tierras de la Engracia.
- ¡Lo que le tocó bregar al enterrador después pá volver a meter a los difuntos en sus hoyos! – atestiguó el abuelillo.
- ¿Y quién era el enterrador? ¿El Paco?
- ¡No, hombre! En esos entonces era el Mariano, el de la Chata


Los parroquianos siguieron con su cháchara, pero nosotros no podíamos prestar más atención que a los escalofríos que recorrían nuestras sendas columnas vertebrales, desde el occipucio hasta donde la espalda pierde su casto nombre y viceversa. ¡Resulta que en ese pueblo, en noches de tormenta, los muertos salían de sus sepulturas! Y no contentos con pasearse por las calles amedrentando, esquilmando y cometiendo sabe Dios cuántas fechorías, ¡se iban hasta las tierras de la Engracia (donde quiera que estuviesen)! Aún no estábamos repuestos de la impresión cuando un rayo, seguido de  un trueno portentoso, hizo que se nos salieran los corazones por la boca y los lleváramos arrebujados en el puño mientras salíamos a trompicones del bar y, en alborotada carrera, llegamos al hotel y nos guarecimos en una de nuestras habitaciones.
- Yo no sé vosotros, pero yo paso de encontrarme al Emilio redivivo, ni por las tierras  de la Engracia ni por ningún lado – dijo uno.
Todos suscribimos bastante al unísono y unánimemente. Cuando habíamos decidido suspender nuestro fin de semana entretenido y bucólico y tomar las de Villadiego un rayo nos cegó, un trueno nos dejó sordos, y el espanto nos volvió mudos. De repente…
- ¡Riiiing, riiiing!  - sonó el teléfono de la habitación.
- ¿Dígame? – contestó descolgando uno de nosotros.
- ¡Vais a morir todos! – pudimos escuchar muy bajito por el auricular.


Al momento, mi amigo colgó el teléfono como si quemara y su cara mudó del blanco al verde pasando por una tonalidad de amarillo poco saludable.
- ¡Ay, ay, ay! ¡¡¡El Emilio ya ha vuelto del mundo de los fiambres!!! – vociferamos.
- ¡Riiiing, riiiing!
Todos nos apiñamos, con más miedo que siete viejas, al teléfono para no perdernos ni ripio de las amenazas de muerte del Emilio. Efectivamente, pudimos escuchar claramente la voz cacofónica y llena de interferencias…
- ¡Os encontré! ¡Os voy a matar con mis propias manos! ¡Ahora mismo voy para allá! ¡Id preparando los lomos que os los voy a dejar secos con la garrota!...
Por mucho que nos intrigara conocer los horrores que nos esperaban y por chocante que nos pareciera un resucitado con bastón, ya no pudimos escuchar más. La comunicación se cortó. Tras unos segundos de silencio mortal nos invadió un frenesí demente  por recoger nuestras cosas. En un informe amasijo de maletas, pies, brazos, bolsas, cabezas y cuerpos, bajamos como pudimos las escaleras y nos abalanzamos hacia la puerta al grito de:
- ¡¡¡Que viene el Emilio!!! ¡¡¡Que viene el Emilio!!!

En el mismo momento en el que nos arrojábamos al interior de uno de nuestros coches vimos claramente como la silueta del Emilio se aproximaba por el sendero enarbolando una garrota del tamaño de una catedral. La verdad es que para ser un zombi, corría que se las pelaba. Señal inequívoca de que no nos iba a dejar escapar tan fácilmente.
- ¡¡Trata de arrancarlo, por Dios!! – gritamos con más miedo que Naranjito viendo el anuncio de “zumosol”.
Al mismo tiempo que parecía que íbamos a ser atacados de frente por el Emilio resucitado, divisamos por la retaguardia a “Norman” que se acercaba con un cuchillo más largo que el columpio de Heidi.
Jamás mis amigos y yo escuchamos una música tan celestial como la que emitió el motor del coche cuando arrancó. Dando un derrape que ni el mismísimo Fernando Alonso podría repetir, salimos escopeteados de aquel pueblo maldito infestado de zombis como el Emilio y de dementes como “Norman”, dejando, a nuestro paso, una nube de arena, polvo, chinarros y gritos. Otro rayo iluminó las tinieblas de la noche.


EPÍLOGO

Ramón, dueño de una taberna ubicada frente a la iglesia de un pueblo perdido en las frondosas tierras de España, había servido a unos forasteros una tortilla de patatas y unos calamares. Sin explicación, los forasteros se marcaron un “sinpa” de manual, saliendo al unísono de su establecimiento. Tardó unos segundos en dar con el paradero de los morosos a golpe de teléfono.
Luis, propietario de un modesto hotel rural en el mismo pueblo, estaba tranquilamente pelando unas patatas para el puchero del día siguiente en la recepción. De repente, unos huéspedes bastante raritos que tenía hospedados salieron como alma que lleva el diablo gritando como posesos. Tardó unos segundos en darse cuenta de que los raritos llevaban sus maletas con ellos.
Salió Luis a la calle tras los fugitivos a pedirles lo que era suyo por derecho y, sin comerlo ni beberlo, se vio envuelto en una nube de arena, polvo, chinarros y gritos. Cuando llegó la calma, vio a Ramón que le miraba patidifuso.
- Al final – dijo Luis – estos tíos raritos se han ido sin pagar.
- Ahí se les atraganten los calamares.
Y otro rayo iluminó la noche.





sábado, 31 de agosto de 2013

¡NOS VAMOS DE BODA!

            (Nota previa: No me olvido de vosotros ni del blog. De hecho, me reconcome la conciencia publicar tan poco. No tengo tiempo, ¡palabrita del Niño Jesús! Seguro que sabéis disculparme. Gracias.)


Todas estas Cookies son galletas de mantequilla
decoradas con glasa real.
               En unos días nos vamos de boda. Así que anestesiaré a Mi Santo para poder ponerle el traje de las bodas y los zapatos de las bodas (aunque decir “de las bodas” es redundante). Tendré que añadir un poquito más de anestésico para colocarle la corbata (de las bodas), porque empezará a protestar. Y es que, por mucho que se rebele con el tema de la corbata, no cedo ni un ápice. Lo más importante de una boda son las corbatas de los chicos. Si no hay corbatas, ¿qué se pone uno en la cabeza para bailar la conga? Una buena vez me intentó convencer para llevarla enrollada en el bolsillo, pero no. Eso no vale. Y no vale porque cuando uno llega al punto de “me voy a poner la corbata en la cabeza, verás qué risa” no tiene la habilidad suficiente para atar ese nudo marinero que no se menea de su sitio.



            Las bodas no comienzan en el momento en el que la novia entra radiante en la iglesia/juzgado/ayuntamiento recortada a contraluz, noooo. Las bodas comienzan cuando abres el buzón y te encuentras la invitación dentro. Este es un momento frigo-dedo o frigo-pié de manual. O te encanta la idea o la aborreces. En cualquiera de los dos casos, recibir una invitación de boda es lo más parecido a recibir una multa de tráfico. El otro día, escuché a un amigo comentar que había recibido una invitación de boda con un número de cuenta y que les había domiciliado la luz, el agua y el gas. ¡Eso es tener estilo!

            La boda continúa con el momento pánico “¿y qué carajo me pongo?” y lo siguiente es un periplo frenético por conseguir el vestido de boda perfecto. La elección del vestido es cuestión de un capítulo aparte. Solamente diré que se cuenta por ahí que una chica repitió el vestido de la boda de su prima y se autodestruyó.



            ¡Por fin llega el feliz día! En la puerta de la iglesia se va formando un informe grupo relleno de tules… gasas… rasos… tocados… sombreros… tacones… la tía Emilia metamorfoseada en ave del paraíso... Saludos, apretones de manos, besos al aire (no se vaya a estropear el maquillaje)… El protocolo manda esperar en el interior de la iglesia. Pero, seamos sinceros, a nosotros el protocolo nos la trae al pairo. Nosotros esperamos en la calle o, mejor, en el bar, que para eso ha creado Dios un bar enfrente de cada iglesia (y las cañitas fresquitas).

            Finalmente entramos y nos vamos sentando en los bancos. Perfectamente podríamos habernos equivocado de boda porque en verdad, a lo único que estamos atentos es al fotógrafo. ¡Y qué  poder ostentan, oye! ¿No te has dado cuenta de hacemos lo que él nos manda? “La novia, aquí” “Ahora los padres” ”Levanta un poco más la barbilla” ”El grupo de los primos, que se achuchen un poco, ¡que no caben!”. Y allá que vamos, sumisos. Estoy pensando hacerme fotógrafa, a ver si mi niño obedece igual.



Esto de las fotografías y las bodas es algo que me ha hecho reflexionar bastante. Y es que el tema ha evolucionado mucho. Primero están las fotos de boda de las bisabuelas. Son esas fotos en blanco y negro en las que aparece el bisabuelo sentado en una silla, más tieso que el codo de un click de famobil. La bisabuela detrás, con la mano castamente apoyada en su hombro y cara de “a ver qué hago yo con éste ahora”. Luego las modas cambiaron y en el álbum de nuestras madres podremos ver la foto “del espejo”. Frente a esos espejos de madera repujada colocaba el fotógrafo a la novia y ¡zasca!, foto en “to´l” cogote. Esa foto la hacían para economizar. Así sacaban el moño cincelado al occipucio y la cara de la novia del tirón. Ahora llega el fotógrafo a casa de la futura esposa y le dice “¡Hale! ¡A saltar en la cama!” Así, sin anestesia ni nada. Tira una ráfaga de disparos y listo. Original, desde luego...



            Y después, al restaurante. Primero te sirven un “cóctel de bienvenida”. ¿De bienvenida? Pero ¡si los anfitriones no están!. Claro que, los señores del hotel son gente muy fina y no se atreven a decir la verdad, que sería algo así como “vamos a echarles alpiste a esta panda para entretenerles mientras esperan a los novios”. Porque, claro, los novios están con el fotógrafo haciéndose fotos “arrumacados” entre frondosos árboles verdes... bueno, eso antes, ahora el novio estará con las perneras arremangadas, metiendo los pies en un río y haciendo como que pesca, para tener unas fotos al nivel de las de la novia saltando en la cama...



            Luego te pasan al salón para la cena propiamente dicha. Y ya sabemos todos lo que nos vamos a encontrar. Una cartulina en color crema, escrita en cursiva, que pareciera que la ha redactado el mismísimo Miguel de Cervantes con el menú que vamos a paladear. Por ejemplo:
-         Tournedo de ternera sobre lecho de reducción de Pedro Ximénez y verduras salteadas.
-          Lubina del Cantábrico sobre lecho de tomates confitados y crujiente de jamón.
-          Lomo de cerdo ibérico relleno de frutos secos sobre lecho de patatas panaderas.
-          Merluza crujiente sobre lecho templado de brotes de soja tiernos y boletus edulis.

Yo no me explico un par de puntos. Primero; ¿porqué tienen que poner los nombres tan intrincados? Jolín, que una vez ponía en el menú “delicia de cerdo crujiente sobre lecho de patata en crema” y resultó ser una salchicha de frankfurt enrollada en bacon con puré de patata de sobre. Seamos sinceros, todos nos hemos criado con triangulitos de mortadela con aceitunas y tranchete, no con “bocadito de fiambre y queso fundido con frutos del olivo” Y segundo: ¿porqué todo va “sobre un lecho”? Que te dan ¿comida cansada?

            Y otra cosa que me aturde mogollón cuando estoy en la cena o comida de una boda: los camareros-espía. Un camarero-espía es ese que está ahí en silencio, vigilando, con las manos a la espalda, quietecito, quietecito, que me dan ganas de echarle una moneda para que cambie de postura, el pobre. Parece que no hace nada, pero siento su mirada clavada en mi cogote... y no sé cómo actuar. Y cómo no sé qué hacer, pues bebo un sorbito. El camarero-espía detecta mi sutil moviento y... ¡Zasca! Rellena mi copa. “¡Caray, que susto!” – pienso. Y bebo otra vez para reponerme y ¡zasca! la rellena de nuevo. Y me pongo nerviosa y bebo otro poquito y ¡zasca! llena otra vez. Y como no quiero hacerle el feo al solícito camarero, pues otro trago “pa´l” gaznate y ¡zasca!, ¡zasca!, ¡zasca!. En resumen: A la próxima boda que vaya, mejor intentaré echarle una monedita al camarero-espía para que cambie de postura porque estoy hasta las narices de salir del comedor a gatas.



            Y, por fin, llega el momento que más me gusta de las bodas: el baile. Me encanta porque no he encontrado a ninguna pareja de novios que sepan bailar el vals. Y, evidentemente, me parto. Ahí les tienes a los dos (un, dos, tres; un dos, tres) intentado no perder el paso (un, dos, tres; un, dos, tres) dando vueltas y vueltas (un, dos, tres; un, dos, tres) sin conseguirlo. Hay novios que dicen “nosotros pasamos de vals, queremos abrir el baile con “los pajaritos” (por ejemplo). Pues el pincha te pondrá “los pajaritos” pero luego, os endosará un vals como la copa de un pino. Garantizado.


Cuando termina el momento vals, empieza el momento de los “pasodobles”. Y llamo “pasodobles” a cualquier danza que se baile emparejado. Da igual que no tengas ni pajolera idea de hacerlo. Basta con agarrarse a la pareja de turno, estirar el brazo y moverlo arriba y abajo como si sacaras agua de un pozo. Puede ser que no te apetezca nada bailar con el Tío Basilio (porque los “pasodobles” se bailan con los tíos, de toda la vida), y, claro, no queda bonito decirle “Tío Basilio, estoy entre “me la refanfinfla” y “me da morcilla” bailar contigo”. Pero yo tengo un remedio eficaz 100%: ponte la corbata de “Tusanto” en la cabeza. Una chica con corbata en la cabeza no es apta para bailar “pasodobles” con el Tío Basilio ni de coña marinera.



En todo caso, lo mejor de una boda es que sea la tuya. Porque mola encontrar a “Tusanto” (o “Tusanta”). Porque mola descubrir que quieres estar con él (o ella) a las duras y a las maduras. Porque mola decirlo en público para que todos se cosquen (que es, en definitiva lo que significa casarse).

Un abrazo... Dulcemente.


(Nota final: Este post va dedicado, con mucho cariño, a María Gra, ESTUPENDA cómplice de tantas gansadas perpetradas en nuestra tierna adolescencia, porque ha encontrado a “Susanto” y ha decidido enviarme una multa de tráfico. ¡¡Enhorabuena, ficha amarilla!!)




miércoles, 13 de marzo de 2013

PARA "ESOS LOCOS BAJITOS" (CONTINUACIÓN)

     Aquí tenéis la segunda parte del cuento. Para el que no haya leído el principio, puede pinchar aquí para coscarse de qué va el invento. Y como no, lo adorno con galletas decoradas con glasa real.
     Sin más preámbulos ni circunloquios, ahí va el desenlace de...

FWESKI (O LO QUE PUEDE PASAR SI UN
EXTRATERRESTRE VIENE A LA TIERRA) II

Aquí es donde viene lo más interesante de mi inspección a la Tierra. Anonadado observé como, con una especie de palito blanco, se ponía a escribir en la pared negra. (En Ganímedes nos dan clase con hologramas, no se escribe en las paredes) ¡Estaba fascinado! Necesitaba hacerme con uno de esos palitos para sorprender a los ganimedianos y, de paso, llevarme una “Matrícula de Honor Estelar” en mi trabajo. Pero no podía hacerlo hasta que no terminara la clase, con lo que, me senté en el suelo a esperar mientras pensaba en la cara que pondría Gimli “el Mocos” cuando me viera con mi flamante “Matrícula de Honor Estelar”.



             No sé el tiempo que pasó porque me quedé dormido, pero jamás he tenido un despertar tan agitado. Primero, sonó una alarma a tal volumen que poco faltó para provocarme una parada cardiaca. Después tuve ocasión de degustar de nuevo el griterío que los humanos son capaces de producir. Antes de darme cuenta, todos los terrícolas habían salido al recreo. Estábamos solos la maestra y yo. Se levantó despacito de su silla. Ahora su cara era de necesitar unas vacaciones pagadas. Me dio un poquito de pena. Al fin y al cabo, me sentía un poco culpable de lo acontecido en esas horas. Me acerqué a ella con afán conciliador y le intenté animar con unos golpecillos en la espalda. No lo conseguí. Se puso muy tiesa y se giró bruscamente hacia mí. Ya no había ni rastro de cara de necesitar vacaciones. En realidad se parecía mucho a la cara que puso mi padre cuando le dije que le había arreglado yo los frenos de su nave. Entonces caí en la cuenta de que debe de ser un pelín desconcertante que “nadie” te dé golpecitos en la espalda. Anotación mental: “¿quieres hacer el favor de ser discreto de una vez?”


La maestra salió de la clase y me dejó solo. A partir de entonces fui discreto a más no poder. Sin humanos a mi alrededor, me atreví a coger el palito y escribir “chúpate esa” pensando en Gimli, “el Mocos”. ¡Qué chulada! Me metí el palito blanco en el bolsillo. Y una cajita llena de ellos que me encontré en un cajón. Aprovechando que el resto de aulas estaban vacías, arramblé con todos los palitos blancos que encontré. Esto marcaría un antes y un después en Ganímedes. Yo creo que, además de mi “Matrícula de Honor Estelar” iba a entrar en los anales de la historia como el intrépido explorador espacial que llevó los palitos blancos al planeta. Gimli “el mocos” se iba  a poner verde de envidia...

La atronadora alarma volvió a sonar y yo, haciendo un genial alarde de discrección, me aparté prudentemente a un ladito del pasillo para no hacer tropezar a nadie más y salí al exterior por la primera ventana que pillé. Una pena tener que ser invisible porque la atravesé dando un salto con doble tirabuzón de flipar.

Ya estaba en el patio, desierto de terrícolas. Caminando pegadito a la pared eché a andar hacia el bosquecillo donde estaba “el Pichón”. Fue entonces cuando me surgió una duda. ¿Pintarían en los ladrillos? Emocionado, estampé en la fachada un “chúpate esa” bastante grande. ¡Sííííí! ¡¡Funcionan!! “Chúpate esa” “chúpate esa” “chúpate esa”... en pequeño, en mediano, varias veces. Así hasta que llegué a mi nave medio oculta entre matojos y arbolillos.

Y aquí estoy ahora, en “el Pichón”. No he contado la cantidad de palitos que me llevo, pero son muchos. Creo que voy a comer el bocata y a echar una buena siesta antes de salir a inspeccionar otra vez.


13:00

He tenido que activar la salida inmediata. Vuelvo a Ganímedes a toda castaña. Me han pillado. Esa es la bochornosa realidad. Mira que he intentado ser discreto.

Varias cosas han llevado a los terrícolas a dar conmigo y con mi nave. Para empezar, no ha sido muy buena idea llevarme todas las “tizas” (curioso nombre dan los terrícolas a mis palitos blancos) del colegio. Debí haber dejado unas pocas. ¡Ay! ¡La avaricia, qué mala es! Luego, el ir dejando un rastro de pintadas que dirigían directamente a “el Pichón” no ha sido muy discreto. Asociar la falta de tizas y mis encendidas proclamas pintadas en la pared, no les ha llevado ni cinco minutos. Para terminar, lo que yo pensaba que era un bosquecillo sin importancia, no era otro que el huerto escolar. Por lo visto, he aterrizado encima de una plantación de calabazas de los de cuarto curso. Y para remate del tomate, a pesar de ser mi nave de color verde, se debía ver estupendamente ya que asomaba un poquito más que “el pico de arriba”, como pensé yo en un principio.

-          ¡Sal de ahí, graciosillo!
-          ¡Y saca ese trasto del huerto ahora mismo!
-          ¡Devuelve las tizas inmediatamente!
-          ¡Veremos a quién le dices “chúpate esa”, descarado!

Todo esto lo escuché desde mi nave mientras aporreaban la puerta. Estaban enfadados, muy enfadados. Y eran muchos. Todo el colegio en pleno. Con Director y Jefe de estudios y todo. Se quedaron un poco pálidos al verme (supongo que porque no se imaginaban a un ganimediano en su huerto y porque nosotros somos de color azul, no esa especie de rosa-amarillento tan poco favorecedor). Pero al ser más en número y no tener yo ganas de líos, les dije que lo lamentaba mucho, que no lo repetiría más, que ahí tenian sus tizas, que lo de “chúpate esa” iba por Gimli “el Mocos”, que, por favor, no dijeran nada a nadie y que me iba inmediatamente y que adiós, buenos días. Cerré la puerta raudo y veloz y, como alma que lleva el diablo, tomé las de Villadiego.

¡En fin! Una pena. Pero yo soy un extraterrestre con recursos, no creáis. Cuando devolví las tizas a los terrestres, escondí pícaramente dos de ellas en el bolsillo de atrás del pantalón. A veces me sorprende mi propia sagacidad. Lo malo es que, cuando me senté para tomar los mandos de “el Pichón” se rompieron una en tres pedazos y la otra en dos. No me importa mucho, porque he comprobado que funcionan igual.

Y ahora vuelvo a Ganímedes. A mi casita. Decidido a pasarle las tizas por el morro a Gimli “el Mocos”, decidido a aprobar de una vez “Conocimiento del Medio Interestelar” con una redacción apabullante (aunque tenga que adornarla un poquito) y decidido a convertirme en el Héroe Interplanetario del momento.

FIN


EPÍLOGO: Trabajo de Fwesky presentado para la asignatura “Conocimiento del Medio Interestelar”
He emprendido un peligrosísimo viaje al planeta Tierra. He sometido a un escrupuloso estudio a sus habitantes. He expuesto mi integridad a un sinfín de peligros. Y he conseguido sacar una serie de conclusiones que paso a enumeraros ahora:
1.- Los terrícolas también van al colegio
2.- A los terrícolas no les gusta nada que un ganimediano invisible lance por los aires su papelera. (Nota: la papelera es una especie de cilindro metálico que no he podido averiguar para qué sirve)
3.- Los terrícolas gritan muchísimo si un ganimediano  invisible lanza por los aires su papelera (aunque sea sin querer)
4.- Los terrícolas pueden ser tan miopes como mi abuelo Higi y usan también remiendaóculos.



5.- A los terrícolas no les gusta nada que un ganimediano invisible les toque la espalda (aunque sea un acto totalmente inocente y amigable)

6.- Los terrícolas pintan en las paredes y no pasa nada (ni los meten en la cárcel ni nada) con unos palitos blancos, a los que llaman "tizas", de los cuales traigo una amplia muestra para vuestro asombro.

En general ha sido un viaje productivo. Pero me ha dicho mi abuelo Higi que está muy feo quitarle los remiendaóculos a la gente. Que qué va a hacer la maestra sin sus remiendaóculos. Que si me parecía bonito dejar a la pobre cegata perdida y que debo devolverlos sin tardanza. Ante todos estos argumentos, volveré a la Tierra en breve. Y prometo no aterrizar sobre ningún huerto y, sobre todo, ser discreto.

jueves, 28 de febrero de 2013

PARA "ESOS LOCOS BAJITOS"

            Seguidores, simpatizantes, lectores de mi blog, amigos todos: Con vuestro permiso, este no es un post para vosotros. Lo lamento. En esta ocasión he decidido dejar mis reflexiones para otro momento y liarme la manta a la cabeza para cambiar de tercio. Esta entrada es para los niños. Voy a contar un cuento. “¿Y eso?” preguntaréis ojipláticos. Varias razones tengo en mi interior: que me ha brotado, que me apetecía, que soy un poco masoca y que en breve llegan las comuniones (y algún/a niño/a que otro/a va a celebrar ese día tan especial en la infancia...). Dicho lo cual: niños y niñas, espero que este relatillo, que voy a dividir en dos capítulos, os guste (también espero que os gusten las galletas que van a acompañarlo). Nada más, ¡valor y al toro!



FWESKI (O LO QUE PUEDE PASAR SI UN
EXTRATERRESTRE VIENE A LA TIERRA)


-    Bip, bip, biiiiiip.
-    Nave interestelar “Pichón Centenario” llamando a planeta Ganímedes. Cambio.
-    Brrrrr fsssss biiiiiiiiiip fsssssssssssssssssssss bip biiiip.
-    Nave interestelar “Pichón Centenario” llamando a planeta Ganímedes. Cambio.
-    Biip biiiiiip brrrruuuuurrrrr fssss.
-    ¡Maldito cacharro! A ver si dándole unos golpecillos al potenciómetro intercomunicador...
Pom, pom, pom.
-    Fssss bip bip
POM, POM, POM.
-    (Fsss) Planeta Ganímedes (brrrr) llamando a Fweski (fssss) ¿qué son esos golpes? Cambio. (Fssss)
-    Fweski a la escucha. El potenciómetro intercomunicador funciona a la virulé. He tenido que darle un escarmiento. Cambio
-    Déjate de tonterías, Fweski. Comunique (fuurrrsss) el estado de la misión (fsss). Cambio.
-    Acabo de visualizar el planeta Tierra.
-    (fsss) ¡Perfecto! Continúe su (fsss) cometido y recuerde: ¡sea discreto! (fssss). Cambio.
-    De acuerdo. Cambio y corto.




8:30 horas.

            Aquí comienza el Cuaderno de Bitácora de Fweski, habitante del planeta Ganímedes. Hace unos minutos he avistado la Tierra desde mi nave, “El Pichón Centenario”, y hacia allí me dirijo. Tengo que presentar un informe detallado de los terrícolas, (cómo son y cómo viven) para la asignatura de “Conocimiento del Medio Interestelar” del colegio. Llevo ya dos cates, pero con este trabajito seguro que me ponen un sobresaliente. Y se lo pasaré por los morros a Gimli “el Mocos” que se tiene muy creído lo de ser el que mejor notas saca.


            Debo ser discreto. Ningún terrícola debe darse cuenta de mi presencia. Para ello podré utilizar la “invisibilización integral”. De ese modo seré invisible para los humanos y camparé a mis anchas entre ellos. Mi primo Zúminski me enseñó la antigua técnica ganimediana de la “invisibilización integral” (tirar de la oreja derecha y taparse la nariz). Compleja al principio, pero muy útil en general.

            Debo dejar de escribir este Cuaderno de Bitácora si no quiero esmorrarme contra el suelo terrestre. Voy a aterrizar. ¡Qué emoción!

9:00 horas.

            Querido Cuaderno de Bitácora. He escondido al “Pichón Centenario” en una especie de bosquecillo muy pequeño. Creo que asoma un poco la punta, pero como el Pichón es verde también, espero que disimule y nadie lo vea.

            Desde la ventanilla de mi nave veo un edificio cercano. ¡Estoy emocionado! ¡Voy a conocer de primera mano a los terrícolas! ¡Allá voooy!



11:00 horas.

            Querido Cuaderno de Bitácora. Ya estoy de vuelta en el “Pichón”.
He ido hasta el edificio. Es un colegio. Lo averigüé al asomarme a la ventana y ver un montón de terrícolas sentados en pupitres, mirando todos en la misma dirección, salvo dos: uno que miraba atentamente algo en el techo y el otro, la maestra, que miraba a los terrícolas. Me disponía a atravesar el cristal (porque los gaminedianos atravesamos cristales) cuando me percaté de que era aún visible. ¡Casi la lío! Debo ser más cuidadoso si quiero pasar desapercibido. Hice una anotación mental en mi cerebro: “Ser discreto, recuerda, ser discreto”. Me invisibilicé pero algo salió mal. No sé si será algún gas de la atmósfera terrestre o qué, pero en mi forma invisible no consigo ver bien. Todo son como bultos borrosos. Me visibilicé e invisibilicé varias veces, y nada. Borroso, todo borroso. Finalmente, pensé que sería mejor que entrara de una vez y dejara de hacer el tonto. Al final me iban a pillar y me estaba quedando helado. Además ver borroso no es tan grave. Mi abuelo Higi es miope perdido, lleva remiendaóculos todo el día y no pasa nada.


Entre los nervios que tenía y lo cegato que estaba, lo primero que hice al atravesar el cristal fue meter el pie en una especie de cilindro que había en el suelo. Observé el extraño objeto. Era metálico, bastante bonito, pero muy incómodo para caminar con él. Asi que decidí sacar el pie. Pero no tuve éxito. El cilindro se aferraba a mi zapatilla como los mocos a la nariz de Gimli “el Mocos”. Así que tiré y tiré con mis manos hasta que salió despedido por los aires armando un gran estruendo. Nada comparado con al guirigay que se preparó en el aula:
-    ¡La papelera!¡La papelera!
-    ¿Quién ha sido?
-    ¡La papelera ha volado!
-    ¡Silencio niños!
-    ¡Cómo ha molado!
-    ¡Ella sola, señorita, ha volado sola!
-    ¡Silencio!

Yo usé otra antigua técnica gaminediana, muy útil en los casos en que puedes salir malparado: huir. Salí escopetado hacia la parte delantera de la clase tropezando con tres sillas, un pupitre y cinco mochilas que estaban en el suelo, lo cual provocó más confusión entre los terrícolas. Finalmente aterricé contra la mesa de la maestra. Con el golpetazo en plena nariz, me visibilicé. Lo noté porque de repente lo veía todo claro, lo que me permitió descubrir unos remiendaóculos como los de mi abuelo Higi encima de la mesa de la maestra. Rápido como el viento me los puse y volví a invisibilizarme. ¡Perfecto! ¡Veía estupendamente! Ahora me sería más fácil cumplir mi misión.


En esos procesos me hallaba cuando me percaté de que dos terrícolas (para ser más exactos, una terrícola y un terrícola) me miraban. Mejor dicho; miraban hacia donde yo estaba. Porque yo acababa de invisibilizarme. Lo recordaba perfectamente. Soy despistadillo pero no tanto. ¿Me habrían visto cuando me arreé contra la mesa? Espero que no. E inmediatamente repetí mi anotación mental: “ser discreto, ser discreto, SER D-I-S-C-R-E-T-O.”

Parece que la calma regresaba al aula. La maestra tornaba a su mesa a buen paso y con cara de necesitar unas vacaciones. Yo juro que lo intenté (y prometo ser rápido en mis movimientos) pero, entre el canguelo de la sospecha de haber sido visto y lo veloz de la caminata de la maestra, no conseguí retirarme a tiempo. La pobrecilla tropezó con el mismo pinrel que quedó atrapado en el cilindro y fue trastabillando en un “parece que me caigo, parece que no” hasta que tomó apoyo en la pared negra del fondo y logró guardar el equilibrio y la compostura. La estruendosa carcajada fue silenciada de inmediato con un golpe seco de la mano sobre la mesa y las palabras:

-          ¡¡Examen sorpresa!!

Aquí es donde viene lo más interesante de mi inspección a la Tierra...

CONTINUARÁ...



(Nota final para los mayores: Aunque no lo pretendía, este relato me ha recordado a una novela del genial Eduardo Mendoza, “Sin noticias de Gurb”. Si no la habéis leído, es pecado. Y si después de esta recomendación no la leéis, no tenéis perdón.)




Un abrazo... Dulcemente.